miércoles, 13 de abril de 2011

y a tí ¿Por qué te gusta leer?


Martes al mediodía, entre los 18000 libros que me rodean diariamente un malentendido ha lanzado a mis manos uno en concreto. Me llama la atención, recuerdo haberlo visto  con anterioridad, es más, creo que lo coloqué en su sito un  par de días antes. Sin embargo,  hoy lo observo y lo estudio con curiosidad. Me atrae y decido leerlo. Al día siguiente ya me tiene atrapada y lo devoro con ansiedad y cierta congoja. Me recreo en las imágenes que me inspira y desentierro otras escondidas en algún lugar de mi memoria que de repente vuelven. Yo lo termino pero el libro no termina conmigo…
Las palabras son muy caprichosas… a veces aparecen en los momentos exactos, otras hacen acto de presencia en instantes donde debían haber permanecido en silencio. A veces parece que con las palabras se arroja todo fuera… Si te encuentras mal y se lo cuentas a alguien sentimos como si sacáramos de dentro el veneno y al verlo fuera convertido en palabras tangibles y reales todo parece más manejable y controlable. Pero al ser las palabras tan antojadizas, ¿Qué ocurre cuando no encontramos las palabras adecuadas que expresen toda la maraña de sentimientos que llevamos dentro?
Cuando no logramos hallar las palabras, el desconcierto nos abofetea por partida doble; por un lado no podemos expresarles  a los demás lo que nos pasa y por otro, aún peor, ni siquiera nos lo podemos explicar a nosotros mismos. Entonces “eso” se queda ahí, se queda dentro,  nos reconcome y se pudre, dejándonos durante mucho tiempo un sabor acre en la boca que no sabemos de dónde proviene…
Y pensando esto, sigo sintiendo los ecos de las emociones que el libro dejo en mi cabeza y empiezo a entender porque me gusta tanto leer y porque he saboreado con tanta fruición este libro…Me ha emocionado tanto porque me perturba y me asombra la idea de que hace treinta años  alguien que  se hallaba a 20000 kilómetros de donde me encuentro  se sentara a escribir una novela con unos personajes, un escenario y una historia ajenos a mí pero que están formados por esas palabras y esas frases que yo no encontraba nunca. Me emociona no lograr entender qué extraño destino puso ante mí una novela que reunía esas letras que explicaban y aliviaban “eso” que tenía dentro y que se pudría poco a poco.
 Y ahora lo veo claro, a mi me gusta leer porque no conozco remedio mejor para acabar con el sabor  acre que me amarga a veces la boca....





 Recién llegado a Tokio, cuando empecé una nueva vida en la residencia, tenía un único propósito: tratar de no tomarme las cosas a pecho, mantener la debida distancia con el mundo. Nada más. Y decidí olvidar por completo la mesa de billar forrada de fieltro verde, el N-360 rojo y las flores blancas sobre el pupitre, la columna de humo alzándose desde la alta chimenea del crematorio, el pisapapeles con forma achaparrada en la sala de interrogatorios. Al principio, pensé que iba a lograrlo. Sin embargo, por más que intentase olvidarlo, en mi interior permanecía una especie de masa de aire de contornos imprecisos. Con el paso del tiempo, esta masa empezó a definirse. Ahora puedo traducirla en las siguientes palabras: «La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella».

Expresado en palabras, suena a tópico, pero yo en ese momento lo sentía como una masa de aire en mi interior. La muerte estaba presente en el pisapapeles, en las cuatro bolas rojas y blancas alineadas sobre la mesa de billar. Y nosotros vivimos respirándola, y va adentrándose en nuestros pulmones como un polvo fino.
Hasta entonces había concebido la muerte como una existencia independiente, separada por completo de la vida. «Algún día la muerte nos tomará de la mano. Pero hasta el día en que nos atrape nos veremos libres de ella.» Yo pensaba así. Me parecía un razonamiento lógico. La vida está en esta orilla; la muerte, en la otra. Nosotros estamos aquí, y no allí.
A partir de la noche en que murió Kizuki, fui incapaz de concebir la muerte (y la vida) de una manera tan simple. La muerte no se contrapone a la vida. La muerte había estado implícita en mi ser desde un principio. Y éste era un hecho que, por más que lo intenté, no pude olvidar. Aquella noche de mayo, cuando la muerte se llevó a Kizuki a sus diecisiete años, se llevó una parte de mí.
Viví la primavera de mis dieciocho años sintiendo esta masa de aire en mi interior. Al mismo tiempo, intentaba no mostrarme serio, pues intuía que la seriedad no me acercaba a la verdad. Pero la muerte es un asunto grave. Quedé atrapado en este círculo vicioso, en esta asfixiante contradicción. Cuando miro hacia atrás, hoy pienso que fueron unos días extraños. Estaba en la plenitud de la vida y todo giraba en torno a la muerte.

                                                                               TOKIO BLUES (NORWEGIAN WOOD)
                                                                               HARUKI MURAKAMI .

  




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